Quien te ha visto y quien te ve, la historia de K
En esta mi primera degustación de esos recuerdos medio olvidados y mitificados os hablare sobre la maravillosa y nada dulce K. Yo tenía 13 primaveras, un acne incipiente, unas hormonas desbocadas y mucha curiosidad. Pero claro no era uno de los guaperines de la clase, más bien al revés, era uno de lo empollones de la clase, y por consiguiente un paria.
Ella se sentaba dos pupitres por delante con esa melena negra y esos ojos verdes, una de las primera chicas de la clase en usar sujetador y levantar esa bata de cuadros que todos vestíamos. Siempre mirándola con ojos de deseo, siempre ignorado detrás de esa muralla que hacían los chicos de cursos superiores ansiosos de estar al lado de esa ninfa. Acabamos la EGB y deje de verla, llego el instituto, mi despertar, las lentillas, el gimnasio y mi éxito con las mujeres, pero aun recordaba a K y su melena negra.
Ayer me encontre a K en “El Corte Inglés” trabajaba de cajera, en la sección de lencería del hogar, durante unos segundos no la situé y al hacerlo sentí el hielo recorriendo mis venas. No podía ser mi K, no podía aceptar que el paso del tiempo había convertido a K en una treintañera entradita en carnes con un gran pecho caído y la marca de las ojeras en la cara.
Deje de mirarla cuando sus ojos se cruzaron con los míos, no se si me reconoció pero hizo como que no yo continué mi camino y ella continuo en el mostrador de caja, en ese momento la odiaba, y el sabor dulce de mi olvido idealizado se rompió en mil pedazos. K, mi querida K, bajaba del pedestal divino con tal fuerza que se convertía en mil astillas.


